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Déjame que te cuente una historia sobre azulejos…

azulejos
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Si has estado en alguna ciudad del vecino Portugal, estamos seguros de que no habrás podido dar un paso sin girarte a mirar cada tienda, cada casa, cada iglesia e, incluso, cada edificio en ruinas por su revestimiento de azulejos, clara seña de identidad del país.

 

Pues bien, el azulejo ha sido usado durante siglos como elemento decorativo, de esto no nos cabe ninguna duda. Pero…¿De dónde viene esta tradición? y lo más importante ¿por qué eligieron los lusos colocarlas en sus arquitecturas? Primero, debemos recurrir a la etimología: “Azulejo” proviene nada más ni nada menos que de “Lapislázuli”, una piedra semipreciosa de color azul que derivó en Al-zuleique,  palabra árabe que hace referencia a una piedra pequeña, pulida y lisa. Precisamente, fueron los musulmanes, quienes comenzaron a decorar con azulejos sus manifestaciones arquitectónicas, calando en los reyes portugueses y en su arquitectura. Concretamente, la actividad se inició gracias al rey Don Manuel I que, deslumbrado por la belleza de la Alhambra, dejó volar su creatividad en el palacio de Sintra.

 

 

Por tanto, los primeros talleres surgen en el siglo XVI en Lisboa. Sus primeros pasos en la labor estuvieron influidos por los holandeses e italianos, pero también por la porcelana china de la Dinastía Ming, que exportaba a Europa su cerámica de fondo blanco y decoración azul.

 

Sin embargo, podemos decir, como se diría hoy en día, que los azulejos se hicieron “virales” en el siglo XIX y  las casas, iglesias, fuentes, jardines… ¡todo se llenó de color!. Hoy en día es imposible viajar hasta allí y no encontrarlos en cada rincón. Tanto es así, que en Lisboa podemos visitar un museo en su honor.  Pero no solo para decorar les sirvió a los Portugueses, y si no nos crees, ¿por qué no te acercas a la Estación  de Porto-São Bento y dejas que te hablen de batallas?.

Herederos de los antiguos talleres lisboetas del siglo XVI,  los talleres actuales han ido más allá y sólo hace falta dar un paseo por sus ciudades para encontrarlos hechos posavasos, placas decorativas, joyería… ¡todo un sinfín de ideas para dejarnos con la boca abierta!

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